En una orilla, un candidato de izquierda, el profesor Castillo con el color de la tierra, puede ganar por primera vez en 200 años de república fallida y abrir la posibilidad de intentar un gobierno de izquierda que defienda los intereses del pueblo peruano. En la otra, una candidata, la señora K, intenta ser presidenta por tercera vez, pese a que la fiscalía pide para ella 30 años de cárcel por ser cabecilla de una asociación para delinquir y por guardar para sí, una buena parte de los US$17 millones cuatrocientos mil que recibió de las grandes empresas, en maletines, al margen de los bancos. Si ganase, hará todo lo posible por evitar esa condena. Haber admitido una candidatura como ésta es una gigantesca vergüenza para la llamada democracia peruana, un mal ejemplo más, entre los muchos que ha dado ya para para llenarnos de vergüenza.
Dice la derecha unida –toda, a través de su 80% de medios de comunicación, encabezados por El Comercio y RPP– que por ser profesor andino de primaria no estaría capacitado para ser presidente. De poco le sirvieron a la señora K y a su castellano limeño sus cinco años de estudios pagados por el tío Vlady (Vladimiro Montesinos) por orden de su papi. Del mismo modo que él, la señora Keiko Fujimori no tiene una idea propia sobre el Perú, solo repite los libretos que le preparan sus aliados de la derecha toda. Si ganara, gobernaría la derecha y ella sería su operadora de privilegio.
Como en Colombia y Chile, la ocupación de las calles, es y será para quienes apoyamos al profesor, el nuevo y principal escenario, dibujado ya en noviembre con la muerte de nuestros hermanos Brian Pintado e Inti Sotelo. Observen, amigas y amigos, las concentraciones de Manchay –aquí, muy cerca, al sur de Lima– como las de Juliaca y Sicuani: anuncian lo que vendrá para defender la victoria del profesor, para bloquear lo que la derecha decida contra el pueblo, y para preparar la victoria de Pedro Castillo en 2026, si perdiera en este primer intento.
Una línea más. La victoria del profesor el 6 de junio abriría el duro camino del olvido.