Vio y escuchó lo que otros no

Foto: Gris Damian

Carta a Ana Estrada Ugarte

Publicado: 2021-03-03

Admirada Ana:

Sin conocerla, le escribo para expresarle mi respeto y solidaridad. Perdone mi atrevimiento. Intuyo y siento que a muchas otras personas les gustaría llegar hasta usted como a mí.

Luego de seguir su caso en los medios de comunicación, ha sido fácil inferir que usted es una mujer libre, valiente; de sonrisa dulce y unos ojos que se agrandan para tratar de ver los cuatro suyos a través de las paredes de la habitación que le queda como un último puntito en el mundo. Imagino que sus recuerdos y sueños llenan y desbordan ese espacio, ejerciendo su libertad, su extraordinario derecho a la libertad; imagino también que cuando la tristeza impone su presencia, usted soporta el dolor, lo bloquea y somete para seguir viviendo la vida que le queda.

Usted es un ejemplo porque se defendió durante años para hacer valer su derecho a vivir e irse del mundo cuando esa vida ya no es posible, y no hay milagro alguno en el horizonte. Nos deja una lección: cada una o uno de nosotros somos dueños de nuestras vidas; y nadie tuvo ni tiene derecho alguno a hacernos creer que los dioses o los Estados pueden disponer de ellas. Nos negamos a aceptar que funcionarios de los Estados y las iglesias nos controlen, vigilen, persigan, encadenen, encarcelen, torturen y maten a quienes no aceptan las verdades oficiales.

Será inolvidable su serena alegría cuando el juez Jorge Luis Ramírez Niño de Guzmán dio la razón y abrió por primera vez en Perú el camino al reconocimiento de la eutanasia como un derecho de todas y todos los peruanos (¡honor para dicho juez!). Bajo otros cielos, los de Holanda o recientemente los del Estado español, por ejemplo, esa batalla se ha convertido en victoria. Con su lucha ejemplar y sacrificada tenemos una primera victoria y una huella que marca el camino a seguir.

En la otra orilla, seguirán los adversarios de la libertad tratando de confundir su caso con el suicidio, considerado como un pecado contra dios y el Estado. ¿Conoce alguien el caso de un suicida que le pide autorización a un juez para irse del mundo? En la soledad dramática de los suicidas, la lucidez está casi perdida y cuando aparece, sirve apenas para escribir unas líneas, despedirse, y pedir perdón por no tener fuerzas para seguir con tanto sufrimiento. Por el contrario, usted defiende la vida, quisiera con todas sus fuerzas seguir viviendo a plenitud, pero ya no puede moverse y solo guarda su lucidez mental. No acepta esa vida para usted y, con toda certeza, le gustaría que ningún otro ser humano tenga el mismo dolor que usted siente.

Me hubiera gustado que su lucidez intelectual y su formación profesional de psicóloga durasen mucho tiempo al servicio del Perú; desafortunadamente no será posible. La recordaremos siempre; quisiera que en su honor, muchas calles en Perú lleven su nombre, que en las facultades de psicología y en algunos parques llenos de árboles y pájaros, bustos suyos perennicen tanto su lucha y sacrificio personal como su victoria.

Confíe usted Ana, que llegará un día en el que cada uno de los seres humanos decidirán cuándo y cómo irse del mundo, reuniendo a las personas más queridas, despidiéndose de cada una de ellas, haciendo un brindis de gratitud por la vida, saboreando un plato preferido, cantando, bailando, u oyendo una canción preferida.

Un hondo abrazo para usted, Ana, Anita, lleno de gratitud, fuerza y esperanza.

Rodrigo Montoya Rojas

Antropólogo, exprofesor de San Marcos.


Escrito por

Rodrigo Montoya Rojas

NAVEGAR RÍO ARRIBA


Publicado en